En la Jefatura
En increíble cuando a uno lo arrestan por fisgonear. Sobre todo si lo que fisgoneas es tu propia ventana, escabullido en los matorrales, en cuclillas y usando unos binoculares. En realidad no había mucho remedio, después de todo ¿cómo explicas a un torpe policía que la persona a la que espías eres precisamente tú? No hay remedio. Estoy jodido. O casi.
Fundido en cuadros al escritorio del Ministerio Público.
-Señor R, no le creo absolutamente nada. ¿Cree que soy pendejo, acaso?
No contesto, no tiene caso negar tal cosa.
- Esta usted escondido en los matorrales espiando como un depravado a un pobre hombre que, también dentro de una tontería, dice que ha perdido un robot y vive con un hato de simios asquerosos.
Tampoco logro encontrar la forma de negar eso.
Se desvanece a negros. Estoy en la ventana de la comandancia, comiendo un chicharrón son cueros.
- ¡A tomar por culo a sus babuinos! Me importa un pito si tiene 15 simios o 300. No pienso manchar mi puesto creyendo historias de degenerados.
Los policías conversan entre ellos. Piensan que si ayudan al pobre hombre estarán perdiendo el prestigio que tienen. Unos dicen que se trata de un loco que vive solo y que inventa cosas. Otros simplemente se llevan la cerveza a la boca y ríen como desquiciados viendo pornografía en la computadora del secretario particular.
La puerta se abre de golpe y todos voltean azorados. La escena cambia a sepia y los ojos son los únicos que quedan en color.
Como si un camión enorme entrara con las luces directamente a los ojos de ese puñado de gordos mal olientes con charola al pecho, entra a la jefatura una figura imponente: alta, fornida y usando un curioso sombrero a la Dick Tracy. No los mira a los ojos, recorre la sala en escrutinio de inspector de sanidad contando su soborno por anticipado.
- ¿Qué mierrrdas sucede aquí? – pregunta con una voz grave como para orinarse, usando un ridículo acento ruso en un de por sí mal español. Suena chillante cuando entra a los oídos y los policías no pueden cerrar la boca mientras chapotean en los charcos de baba que se han formado en el suelo.
-¿Quién es usted y qué hace aquí? ¿Quién le dijo que podía hacer preguntas? YO HAGO LAS PREGUNTAS – gritó el MP casi al borde de cargar sus pantalones de la materia fétida del miedo del hombre.
-¿Prrreguntas? - reviró despectivo, burlón. Se acomodó el sombrero y avanzó un poco más hacia donde una lámpara iluminó su paso – lo que ilumina esa lámpara se vuelve de un tono rojizo. Penetrante. Continua:
-Las prrrreguntas las harrré yo – retrocedieron los panzones. Yo me encaramé a la ventana, di otra mordida a mi bocadillo y puse atención - ¿Ese hommbrrrre que tienen detenido es amigo mío. Vengo a llevarrrrrlo de vuelta – su voz retumbó por la sala y alcancé a ver su rostro. Abrí los ojos asombrado, casi caigo hacia dentro. Era él.
-No puede llevarse a nadie, está dentro de un cuartel de policía y podemos encerrarlo-
Un paso adelante y su identidad se reveló ante el asombro y horror de los polizones: bajo ese sombrero y el traje a cuadros estaba la figura cuadrada y curiosamente erguida de un homínido primitivo, peludo en todo rincón visible. Hocico pronunciado, manos largas y patas ágiles.
-Se irrrrrá conmigo- volteó hacia la ventana y al verme guiñó su simiesco ojo izquierdo. Después avanzó y me jaló hacía él. Yo seguía en la ventana y pude ver cómo salía conmigo a cuestas dejando a todos en la sorpresa y el terror.
Antes de salir había dejado una tarjeta en el escritorio más cercano. Cuando pude escabullirme la tomé y comprobé lo que mis ojos habían anticipado. ¿Su nombre?
Morsa, Sr Morsa.
Odeen Rocha.
Odeen Rocha. Comunicador por la Facultad de Estudios Superiores Acatlán (UNAM), ha participado en cursos de práctica radiofónica y creación literaria. Locutor, melómano y lector con toques de escribano. Actualmente trabaja en una compañía dedicada a la distribución de cine de arte, luchadores y muchos clásicos animados. Ha publicado en diversas antologías como “Innombrable Fantasía” de Ediciones Shamra (2008)
Carta para Carrie
Carrie:
He encontrado hoy una carta que ni remotamente recordaba que existía, al escombrar el viejo buró de los recuerdos: ya sabes, en el quizá hay cosas inútiles que guarda uno de la escuela secundaria, quizá de la preparatoria también, y alguna osadía por ahí secreta que sólo te guardas para ti.
Encontré esa carta entre notas de compra, algún recibo de servicio vencido de hace muchos años que estaban en un folder, y hasta etiquetas de ropa que no supe por qué estaban ahí. Un folder que me produjo también recuerdos al sólo percibir el olor de éste, específicamente a guardado, aunque resulte impreciso el término.
Abrí la carta, que originalmente era una hoja blanca pero de un tono amarillo ya por el tiempo, no tan desgastada de dobleces y sí perdida en el fondo de mi corazón, con aquella letra aún no descompuesta, de mi puño.
Ahí estuviste inmediatamente cuando leí las primeras líneas que fueron como un golpe en el fondo de mi corazón, remitiéndome a tu sonrisa tan única como indescifrable, porque no sabría cómo es en ese fondo; tan abierta, llena de tus labios en contornos suaves, finos, rosados, todos juntos en tu expresión afilada. No pude no dejar de relacionar al sentir la hoja en mis manos en el recuerdo tu voz grave cuando dejaste escapar alguna risita al decirte que una tarde de mayo debías quedarte conmigo hasta que se metiera el sol pero, tenías que marcharte adonde tuvieras que cumplir con tu destino, y creo que desde entonces me quedé con esa tarde, con tu mirada luminosa, frágil incluso, y con esta carta en mi bolsillo que no pude ya entregarte porque no traía caso, tan sólo vi cómo enfilaste tus pasos imprecisos hasta perderte, arrebatándole la perfecta quietud a tu cabello oscuro la caricia del aire tibio de esas horas grabadas.
Todo se quedó desde entonces, bueno, casi todo, así de simple, en una carta que no pude darte, y todas las cosas que quise decirte después que sólo se quedaron en mi mente, como: el rencor al destino, un cierto odio al desencuentro que llegó, la desdicha agria de tu partida, y que no te comprendiera ni comprendiera porqué estaba ocurriendo la catástrofe de mi existencia de ese momento.
Te quedaste a vivir en la sombra de mis pasos, en la esquina de un lecho nunca compartido, ni siquiera acaso la voluntad de la vida cuando quise llenarme por un momento de la fina línea de tu boca y de tu mano cuando un día la alcancé pero que, como un pájaro, se fue.
Extrañé desde entonces que no estuvieras todas las siguientes tardes de mayo de mi existencia, odié incluso haberme topado contigo en junio un par de años, o de ciclos, después, y saber que aún existías. Y también sé que ya no tienen razón de ser estas líneas y cada palabra que se irán irremediablemente al suelo. En efecto, ni siquiera el sol de la tarde recordará ahora mismo la distancia que se fincó.
He tenido tan sólo un sobresalto al encontrarte en esta carta, y ni cómo decirte que mis manos quisieran romperla, pero al oler la marchita hoja de papel, quizá no es sólo el olor que se ha guardado, sino que aún huele a las tardes de mayo que se fueron, con su calor, su apacibilidad, su sol anaranjado, y tu mirada perdida nuevamente por las calles que recorrimos.
Hace tanto tiempo que fue, y hace tanto tiempo que pasó sin darme cuenta en qué momento cicatrizaron heridas que se perdieron con la dureza de los años, que tan sólo de pronto he querido saber si compartimos aún el mismo aire, y si tus pasos tienen huella donde decirte que importa tanto lo que ya no importa.
Carrie, no hubo oportunidad de despedirnos, todo fue así, tan de pronto, tan fugaz y sin apenas darnos cuenta, y pese al dolor, al rencor no sé a qué o a quién, siempre serás el mejor de mis recuerdos, siempre encontraré una fotografía en mi mente tuya, sin dolor ya, sólo con el inexpresable gusto de haber coincidido un instante en este enorme universo contigo, y que si algún día llegaran estas líneas a tu mano, me gustaría que supieras que después de todo, me quedo con un puño de canicas de mi infancia, con las que jugaré ahora mismo.
Incógnitamente:
César Fernando
César Fernando Montes
César Fernando Montes.
Amor
Nunca creí que llegara a pasarme, pero estoy enamorado. Así es y sucedió como siempre: de la manera más inesperada, más impredecible de todas. Jamás pensé llegar a este punto. Ella es más que todo en mi vida, supera las barreras y las fronteras de lo terrenal. A veces no la comprendo muy bien, sin embargo, hago el mayor esfuerzo que he hecho. Ayer la vi dormida por primera vez junto a mi. Era tan perfecto y ella tan hermosa, que no quise cerrar los ojos en toda la noche para continuar observándola. Se veía pálida y yo sé que tenía frío por lo que la abrigué con mis brazos. La cargué con cuidado y la acerqué a mi. Removí algunos cabellos de su blanco rostro y le besé la frente. Quiero que tenga dulces sueños. Un ángel como ella no merece tener pesadillas.
Es tarde y aún no despierta. Fue una noche agitada. Corrió toda la tarde como enajenada y yo detrás de ella. Fue tan divertido. Sus rizos castaños volaban con el viento y de vez en cuando, volteaba agitada para ver si seguía detrás de ella. Así era, por supuesto. Hasta que la alcancé. Me tiré en el pasto riendo y la jalé hacía mi. Lloró de felicidad. Después venimos hasta su nuevo hogar. Yo sabía que así sería, por lo que limpié antes toda la casa. Se veía sorprendida y yo complacido.
Esta vez, haré lo que sea por ella. Cualquier cosa. Si en estos momentos pidiera lo que fuera, yo... Sin embargo no dice nada. Estoy preparando la cena para subirla a la habitación. No ha bajado a buscar alimento, pero le daré la sorpresa. Sé de memoria sus alimentos favoritos. Me he fijado con detenimiento cada vez que pasaba por casualidad cerca de su casa o cuando mi telescopio bajaba colándose en su ventana. A ella le divertía eso, lo sé porque jugábamos a que cerraba sus persianas y después se asomaba con discreción para ver si yo seguía ahí. Por supuesto que continuaba viéndola y cuando me localizaba, se escondía. Era muy divertido. El día que sus papás, seguramente fueron ellos, la obligaron a mudarse de casa, le di la sorpresa de ir disfrazado como hombre de la mudanza. No me reconoció en seguida porque aunque me amaba, mi disfraz era muy bueno. Subí yo solo todos sus muebles y le ofrecí ir delante conmigo. Aceptó viéndome de reojo. Le parecí muy guapo con mi bigote postizo. En medio de la carretera, gritó de la emoción cuando le revelé mi verdadera identidad. Jamás la había visto tan excitada. Fue tanta su felicidad, que saltó hacia fuera y corrió como niña traviesa a través de los pastizales. Lo demás ya lo conté.
Subo la charola a mi cuarto, abro las cortinas para que entre la luz. No se queja. Le abro la pálida y seca boca para que coma, me cuesta trabajo mover su quijada agarrotada, pero es tan caprichosa que sólo así la puedo alimentar…
Alejandra Ochoa.
Alejandra Ochoa. (Argentina). Estudiante de Maestría en Creación Literaria, egresada de la Universidad Nacional Autónoma de México, desde el año 2000, ha publicado diversos textos relacionados al terror en revistas como “El Universo del Búho”, “Crítica”, “El Aleph”, entre otras tantas de México, España, Cuba y Argentina. Es autora de diversos sitios de Internet, dedicados al horror. Participo en la antología “Amor al Terror” (Ediciones Shamra, México 2007) y en “Innombrable Fantasía” (Ediciones Shamra, México 2008).
La Ventana.
Los babuinos no querían salir de la habitación. Yo deseaba estar a solas.
Tres meses habían pasado desde que el robot que también habitaba esta casa había salido en lo que él llamó “una misión para saber de dónde venía”; cosa que hasta la fecha me parece bastante ridícula, dado que sabe perfectamente de dónde viene: mi taller.
Inclusive el Sr. Morsa, el más viejo y terco de los babuinos culomorado, estaba enterado del origen del robot. Recuerdo el día en que llegaron los babuinos; yo estaba escribiendo en mi rincón, el robot había subido a buscar más libros –esa lata lee como un demonio, en caso de los demonios lean- y al atender la puerta fui atropellado por un grupo de cuasi homínidos enloquecidos que sin decir más, se instalaron por toda la casa y comenzaron a correr, gritar, acicalarse y en algunos momentos, aparearse. Eso último, especialmente asqueroso hasta que comencé a verlo de manera natural y hasta me da gusto. En fin. Les decía que el robot lleva 3 meses sin escribirme ni mandar un solo mensaje. Supongo que esas máquinas que uno construye para tener un buen pretexto para ser flojo y dárselas de genio de la ingeniería, con el tiempo, llegan a hacerse preguntas sobre sí mismos. Esa reflexión, aunque hasta hoy no me lo crea, me la dijo el Sr Morsa.
Estoy aquí, mirándome en ese día, sentado en mi habitación; con mis pantalones viejos recién lavados, mi suéter de rayas y mi cabello hecho una telaraña. Pensando en mi robot y discutiendo con los babuinos. Resulta extraño verse a sí mismo a través de la ventana, sobre todo si, en ese momento, han pasado sólo unas cuantas horas desde que comenzó esa espera.
Nunca he estado a solas desde entonces.
Odeen Rocha.
Odeen Rocha. Comunicador por la Facultad de Estudios Superiores Acatlán (UNAM), ha participado en cursos de práctica radiofónica y creación literaria. Locutor, melómano y lector con toques de escribano. Actualmente trabaja en una compañía dedicada a la distribución de cine de arte, luchadores y muchos clásicos animados. Ha publicado en diversas antologías como “Innombrable Fantasía” de Ediciones Shamra (2008)
Cortando margaritas
Quisiera escribirte una carta romántica en el papel de la vida para toda la eternidad en la perfección de los suspiros, dónde cada persona se identifique. Pocos serán los aludidos, yo calculo que sean aproximadamente dos, tú y yo, con una posibilidad de error de dos, si no encuentro las palabras exactas en los rincones precisos.
El resto no importa, la mayoría tendiente al cien por ciento no lo comprenderán, incluso lo rechazarán, yo lo atribuyo a falta de vocabulario, al querer nombrar como dolor a muchas sensaciones diferentes y amor a cualquier emoción compleja entre dos.
No se quien inventó el término, dichoso él que fue el primero en amar y seguramente el último. A partir de él, los anhelos de simplicidad buscaron generalizar el término, nos apropiamos de la palabra para señalar nuestras personales incomprensiones seguramente no soñadas por el desconocido inventor.
Yo me declaro en este árbol difunto ser uno de los usurpadores y de ladrón a ladrón te digo te amo, con la idea que tu tengas del amor, diferente a mis conceptos pero que seguro te hará más feliz (otro término simplista). Te amo sobretodo por que no he conocido a nadie que adecue tanto sus definiciones a las mías, sobretodo en las contradicciones que pocos entienden y tanta importancia tienen. Esas que duelen y se buscan, eres un constante dolor adictivo, tus besos son de muerte y las risas compartidas terminan por incomodar con el tiempo por lo perfectas que se vuelven en el pasado.
No entiendo por que la mayoría se alegra ante el amor cuando es el camino más directo a la muerte, a desprenderse de lo que uno tenía de vida, que con el tiempo morirá por culpa de otro amor imprudente, de la muerte o del olvido, todo esta ordenado en este mundo para que el amor no dure, piénsalo dos veces antes de abandonar una vida tranquila y ordenada por un impredecible amor, y cuando lo hayas pensado y decidas amarme, hazme un favor y piénsalo otra vez.
Ricardo J. Pérez Segura
Ricardo J. Pérez Segura.
Por fin...
Así, después de muchos días e incontables horas, de esperar con la paciencia de una botella perdida en el mar a ser encontrada por tus manos, de misma forma, espere que te decidieras por mí, aquí y ahora, mostrando tu desnudez, abrazándome con tal sensualidad, que escapa de todos mis sueños, para lo que ninguno fue capaz de prepararme, y que ahora tengo en frente de mí.
Toda tú estás ahora conmigo, esperando ansiosa de mi y agradezco al cielo el infinito placer de tenerte, más allá de mi mente, de saber que al estirar las manos estarás ahí, a mi alcance, y aun sabiendo que con un beso tuyo moriría de placer, y que nada en la vida me ha preparado para esto, lo más deseado desde que tengo conciencia. ¡Estoy preparado para ello desde que te imagine!
El olor que de ti se desprende lentamente, cada vez mis dedos se aproximan a tu piel, saber de cierto que soy yo, ese que te hace vibrar, sentirte amada, excitarte con mi presencia, sabedora de que tú en mi provocas lo mismo. Sin más culpa que la tardanza del tiempo para ponernos en el mismo lugar.
En este momento justo, en el que te tengo así, justo así, luciendo tu cuerpo desnudo, ese color de piel, que se acerca mucho al placer, recorrer sin límites cada uno de los corpúsculos que te hacen vibrar, sentir por primera vez la perfección de tus senos, que sin ser grandes o voluptuosos, tienen el tamaño indicado para mis manos. Tus vientre que desemboca de forma sincronizada en tu ombligo que se entrega por primera vez a mí, sin importar las ocasiones que fue prisionero de otras manos, le delicada sensación de tus caderas permitiendo que mis manos torpes, pero certeras de su destino, las tomes entre ellas.
Rebasando completamente tus defensas, hasta este momento duras y reacias, que en otras vidas escapaban de mi. De esta forma sigo mi camino avasallante, que no da cuartel al placer que ahora despierta en ti y que yo había guardado de manera especial para ti, para este día en el que por fin el tiempo nos ha puesto en lugar indicado.
Y el mejor regalo que ahora me das; tus labios que entre suspiros repiten mi nombre, y le dan otro significado, pues nadie antes lo había pronunciado así, con el corazón delante de cada una de las letras que lo componen. Y que sin duda se acerca mucho al infinito placer de verme perdido en tus ojos.
Joel Alvarado
Joel Alvarado.
Los sueños son como los suspiros
Van y vienen sin sentido
Con el placer de lo anhelado
Con lo amargo de lo cotidiano
Con el calor de la estación
Y el ansiado viento frío
Como los besos que se fueron
Y los sentimientos que huyeron
De esta vida sobria y tibia
Que me lleva a la melancolía
Cada noche me cobija
Para caer en el sueño
Lleno de suspiros y anhelos.
Yolanda Vázquez
La muerte y el regreso
Cuando el amor y la muerte
se encuentran no sabemos que sentir
Fernando Pessoa
Morgue
Los hijos muertos están en la morgue
Observando los designios
La peste mortuoria de los siglos a la víspera
De la noche nueva
Los murciélagos se volvieron de colores
Que destellan el placer de los amantes
El hijo ha sido decapitado en los baños turcos
Por la mujer de los murciélagos
Ahora es el tiempo del orden
Y del bien terrenal
Los hijos han muerto por la carne
Y el hombre nacerá por la carne
Roberto Luviano García
Roberto Luviano García. Nace en el Estado de México, el 20 de junio de 1974, es escritor y poeta, egresado de la escuela de escritores de la SOGEM, generación XXII, ha publicado tres libros de poesía, Falhar de Cornos, ediciones la perra pelona en 1999, Arqueología del odio, ediciones tinta nueva 2003, recibió el V Premio Nacional de Poesía Tinta nueva 2003, organizado por el INBA-CONACULTA. Placer. El cuaderno de la escritura o del deleite por Malke Arnaki, ediciones Shajor, ha escrito teatro, Adriano para Geisha, representada en el foro cultural Buñuel, y Geronima.
Sus maestros han sido Norma Bazúa, Maricruz Patiño, Vicente Anaya, entre otros.
Se ha desempeñado como docente en las escuelas Julio Ramírez Mérida, como maestro en el área de español y redacción, de oratoria en el I.P.N., imparte varios cursos y talleres de creación literaria, poesía, cuento, oratoria, redacción, en varias casas de cultura, imparte asesorías en las ramas de Literatura, ha sido jurado en diversos certámenes estatales como nacionales en las disciplinas de poesía, cuento, oratoria, que realiza la DGETI y otros organismos e instituciones.
Realizó estudios de fotografía en la casa del Lago de UNAM, en el Centro de la imagen, también tomó clases de música durante algún tiempo, toca el saxofón.
Su concepción poética es existencialista, tiene varias influencias como son Rilke, Pessoa, Martínez Ocaranza, actualmente explora la no existencia de los géneros literarios, el border line, la frontera entre el arte y la psique.
Actualmente se desempeña como editor de Shajor ediciones.
Requiem
La hermana se sepulta a las orillas del lago
Para que el fango la devuelva al origen
La desee desnuda en las aguas frías
Y en los espejos
La nombré heredera de mi muerte
Los cementerios son cubiertos por murciélagos
Para que el orden del mundo reine en las cosas
La hermana se sepulta a las orillas del horror
La carne púrpura está lista para ser devorada
Y así crecerá la hierba de las siembras
Para nuestra cosecha de los días del perdón
El hombre nace por el perdón de los murciélagos
Roberto Luviano García
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| de: César Fernando Montes | ||
| de: Alejandra Ochoa | ||
| La Ventana | de: Odeen Rocha | |
| Cortando margaritas | de: Ricardo J. Pérez Segura | |
de: Joel Alvarado |
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| Sueños y suspiros | de: Yolanda Vázquez | |
| La muerte y el regreso | de: Fernando Pessoa | |
| Morgue | de: Roberto Luviano García | |
| Requiem | de: Roberto Luviano García | |